domingo, 27 de noviembre de 2011

ERA UN MESSI ESCOLAR

         Caen como rayos en un día claro. A veces los buenos recuerdos hacen su inesperada aparición de esa manera y de igual forma te fulminan. Si alguien te viese, percibiría esa sonrisa de orgasmo en la cara que  se comportaría como una acérrima enemiga delatora.
         Suspendes momentáneamente lo que traes entre manos y en nano segundos rescatas lo más que puedes del hálito etéreo de un naufragio existencial.
Recién me sucedió. Lo que realizaba en ese instante no tiene injerencia alguna con lo que relato. Más aún, ignoro cómo hacerlo, no es nada extraordinario, sólo algo que en ese tiempo me pareció una proeza descomunal que sólo celebramos mi madre y yo a pesar de que ella no estuvo presente cuando eso sucedió.
Cursaba el tercer grado de primaria en una escuela confesional, tenía ocho años y muchas asignaturas por delante que detestaba, entre ellas, la de Español. Es un crimen de lesa humanidad cortarle de tajo a uno las actividades lúdicas. Eso era lo que más amaba de mi diario existir, jugar. A veces era diplomático, o un médico afamado y reconocido, otras operador de maquinaria pesada como mi padre, en algunas ocasiones un jefe de familia ejemplar, un defensor social contra las injusticias, y en esa ocasión un ignaro jugador de fútbol.
Un día los sacerdotes nos llevaron al único campo de ese deporte que existía en el pueblo. Es mucha finura llamarle cancha a ese páramo áspero de suelo polvoso donde poníamos nuestro mejor empeño en ganarle al contrario, al menos lo único que tenía muy claro en mi mente era ganar como si en ello nos fuera la vida.
En lo personal no tenía ni la más remota idea de las reglas de ese pasatiempo. Debo de admitirlo, pero sin saberlo eran mis primeras ideas anarquistas de algunas cosas, como las de mantener en desorden el cuarto, el cajón de los juguetes, el lugar de la ropa sucia, y menos si se es un hijo único.
Lo único que sabía, y eso porque me instruyeron de último momento, era que tenía que patear el balón hacia el lado contrario y tratar de meterlo en algo que llamaban portería, consistente en un par de erectos palos paralelos y un travesaño colgado de en medio, y que por lo desnivelado del suelo, la vi más adelante cuando conquisté dicho territorio.
Siguiendo al pie de la letra tan intensiva instrucción de último minuto, me dediqué a lo que íbamos, a vencer a los contrarios y en  un sublime instante me vi involucrado en una amorfa masa humana y de polvo que giraba peor que un huracán de impredecible desplazamiento. Sólo oía maldiciones y regaños en mi lucha infructuosa por apropiarme de la pelota. No distinguía a nadie, el panorama a mis pies y a mi alrededor se me presentaba como las de las raíces de los manglares de los ríos.
Mi instinto atávico me guió al centro de esa vorágine y de  forma súbita apareció de la nada una esfera rodando girando  frente a mí. Creí que eso requería del concurso de una patada mía que lancé sin destino alguno. ¡Goooolll, goooolll! Fue el aullido que escuché de inmediato salido de algunas destempladas gargantas. Supuse que lo había conseguido yo ante la ausencia de algún estímulo de mis compañeros de equipo que lo confirmara, pero ellos lo celebraban.
No recuerdo si ganamos o perdimos la contienda, lo que sí tengo muy grabado es que el resto del día y parte de la noche, no podía dejar de pensar en ese exacto y oportuno instante en que conocí  la gloria.
No fue así en la siguiente ocasión en el patio de recreo de mi escuela. Había un torneo interno de balompié entre varios equipos de esa institución. Fui capitán de uno de ellos, el de mi aula. No me pregunten cómo obtuve ese grado. Tal vez fue por esa anotación legendaria que cargaba a cuestas, pero sí rememoro que mi team se llamaba Atlas. Le denominé así porque leí en un libro de mitología griega que este coloso cargaba al mundo, una bola muy grande sobre sus espaldas, y ese redondel  lo relacioné con la pelota de este deporte, y llegada la hora de bautizar a mi grupo entusiasta, escogí el nombre de este mítico personaje.
La primera ocasión que saltamos a la cancha no logramos evadir la ausencia de táctica alguna, no teníamos el placer de conocerla, sólo le mostrábamos respeto a una desbordada pasión por largar patadas con una elegancia indiscriminada que eran obsequiadas a placer a nuestros contrincantes y a compañeros de equipo.
Casi se repitió la memorable historia anterior, pero en sentido contrario al de mis inicios en esta disciplina deportiva. En una de esas reiteradas refriegas, en el zenith del caos, de esos ignotos lugares de lo inexplicable apareció mi nadir: de nuevo surgió el esférico, desconozco de dónde, pero ahora con una infalible trayectoria criminal hacia nuestra portería. En esa oportunidad de manera consciente quise alcanzar nuevamente los laureles, y en pleno consenso con mi determinación quise evitar esta profanación estirando lo más extenso que me fue posible mi pierna izquierda, con el ánimo de atajar o desviar el cuero redondo a otra dirección que mantuviese sin mancilla alguna nuestra red y por extensión,  la propia honra.
No fue así, la pelota, además de dejarme un ardor inolvidable en la zona donde me golpeó, hizo un giro arabesco inalcanzable a las desesperadas manos de nuestro guardameta, que en un infructuoso lance heroico de antología, no pudo evitar que ese bólido asesino se fuese a visitar el rincón de las arañas sacudiendo la red que vibró como cuerda floja de guitarra al ejecutarse.
Considero innecesario remitirles a las muy expresivas manifestaciones verbales de mis compañeros que contrastaban con los gritos de apaches marihuanos de nuestros adversarios. Lo peor había tomado carta de naturalización: ¡había provocado un autogol!
Repitiendo cartel, el resto del día y parte de la noche volví a retomar esa imagen e instante funesto. No tuvieron efecto alguno las amorosas palabras de mi progenitora al enterarla de mi desaguisado, mi ánimo de proscrito ondeó por todo lo alto de mi infortunio.
Mi nueva calidad de paria escolar no terminó ahí. Al día siguiente en un pizarrón del colegio, donde se colocaban toda serie de informaciones, en una hoja aparecieron los resultados de los juegos ya celebrados, y con lujo de detalles afloraron los nombres de los equipos, su lugar en la clasificación, los apelativos de los goleadores, su logros alcanzados, y en folio aparte, por casualidad o por  deshonra, el mío.
Decía Freud  que “infancia es destino”. No lo sé de cierto. A pesar de esta ignominia jugué fútbol, sin llegar a ser una estrella notable, hasta cubrir toda mi juventud. Más adelante con algunas lecturas encima, descubrí que es un somnífero social, una cortina de humo ante los serios problemas de una nación donde se practique. Perdió su carga lúdica para volverse una exhibición enajenante en el medio profesional. Como regalo adicional a tan monumental estupidez, esta se enriqueció con la aparición de los hinchas y hooligans.
Por fortuna, todavía existen lugares en las mismas condiciones como en las que yo jugué, ilusos igual que yo que lo hacen por el placer de jugar por jugar, de pasarlo bien, de gastar sin sentirlo un pedazo de nuestra existencia para tejer un gran tapete de sueños.

viernes, 14 de octubre de 2011

Amadísima Jolina

Si fuese escritor esta sería la hora correcta para escribir: justo al atardecer, cuando muere el día en un sepelio de luces y colores muy especiales acompañándolo hacia su última morada que es la noche.
Bien puede pensarse de ella como la viuda oscura del día que levanta su duelo eterno de clarines de gallos en la madrugada, cuando emprende su fuga eterna para regresar nuevamente a su duelo al poco tiempo.
En mi caso asocio el atardecer con la melancolía. Hago un símil con la vejez, como algo semejante a nuestra decrepitud lenta e inexorable hasta que sólo se vuelve un punto negro, gigantesco, como una enorme oquedad oscura sin fondo que ignoramos dónde termina o hasta dónde nos puede llevar.
La interpretación es asunto de ánimo. Tal vez otros lo vean impacientes, esperando un nuevo día pleno de sorpresas ignotas deseadas. En otras palabras, es un caso subjetivo, no tanto del atardecer en sí. Él es algo ajeno a nosotros, puede existir sin uno y siempre sería esa especie de ciclo inmortal de renovarse siempre sólo cambiante en su forma, vestido de diferentes maneras en su cromática infinita y renuente al hastío cotidiano. ¿No será un bostezo divino de una deidad aburrida que cierra su puerta para irse a dormir?
La vida está llena de misterios y este es uno de ellos. Diremos miles de cosas pero tal vez ninguna se acerque un poco a la verdad.
Si volteamos la vista un poco, hacia nosotros mismos no cambia mucho. Ignoramos casi todo, más aún, como que nos da un poco de escozor reconocernos en nuestra finitud, primer descubrimiento doloroso y más cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos no es idéntica a la que verdaderamente somos. Nos da miedo avanzar, lo digo por mí.
Creo que la vida nos dio el sueño como consuelo para paliar un poco todas nuestras imperfecciones, nivelar y neutralizar nuestras angustias para que nos aborde el optimismo saltimbanqui.
Jolina, eso es lo que me queda de todo lo que hablamos, del breve tiempo cuando lo hacemos, una empecinada y rebelde necesidad de ver tu linda cara de nuevo, a cada instante y por toda una eternidad que se alimenta de tus ausencias cotidianas.
Te debo mil miradas y un espacio más grande en mi corazón que no está a la altura de sus propios latidos. Algún día pagaré esta deuda infinita, y si no lo hago, mejor, me lo reprocharás todos los días y no podré dejar nunca de verte, siempre esclavo de tu sonrisa.

sábado, 16 de enero de 2010

LAS PURGAS (CASI STALINIANAS)

La vivencia que narro les llevará a la brillante conclusión de que no soy una persona joven y que esto sucedió, digámoslo así, hace algunos años.

En esa época estos pueblos sureños de hiperbólica flora y fauna, estaban más profundas que las raíces de un árbol las creencias y costumbres. Ejemplifico: era un imperdonable crimen de lesa humanidad, ver que nosotros los chiquillos, que teníamos como norma de conducta arrasar sin piedad alguna con todo lo comestible al alcance de nuestras golosas manos, inexplicablemente renunciáramos a uno de los más placenteros pecados capitales; y si por añadidura existía una inexplicable paz en la casa, los patios donde jugábamos y en nuestras pícaras faces nos delataba una palidez de lirio desmayado y el palpitar de un ave en agonía, como dijera el poeta Luis G. Urbina, podíamos considerarnos hombres al agua.

Esta extraordinaria emergencia obligaba que se reuniese en esos términos, a un preocupadísimo consejo familiar comandado por los abuelos, -digo, es un decir, casi siempre era la abuela la de la voz cantante-, y su estado mayor integrado por los padres de los menores a los que pronto solo tendríamos como único derecho, la obligación de plegarnos a las resoluciones inapelables, de un juicio sumarísimo, que debía llevarse a efecto a como diese lugar, que era el de ingerir un purgante, a la voz de ¡ya!

El arsenal de desparasitantes acumulado para estos casos, -por llamar de alguna manera a estos brebajes y venenosas mixturas dignas de una malvada bruja-, eran variados en olores, colores y sabores; todos repulsivos a primera vista. Los elegidos –de los que me acuerdo- para recetárnoslos eran la sal de higuera, leche de magnesia, aceite de olivo, de ricino, almendras, etc., que se ingerían solos o combinados con otros más .

Las dosis y la purga a tomar estaban dictadas por las experiencias propias y ajenas. En otras palabras, era evidente la ausencia del dictamen de un facultativo profesional en tales casos, pero supongo no revestía capital importancia este trámite, pues el mismo era suplido por nuestras progenitoras, un poco antes de esta emética ingesta, con una frase propiciatoria –“en el nombre sea de Dios”- que se me asemejaba a un potencial ofrecimiento de un sacrificio humano dedicado a un insaciable dios ignoto, cuya dieta se reducía en deglutir infantes parasitados.

Uno de los primeros pasos a seguir en este desconsiderado ritual paternal, era el de atraparnos, pues nuestro aguzado instinto de conservación cimentado en experiencias pasadas, ya intuía la cercanía de malos tiempos.

Si la casa familiar disponía de un abrigador patio de considerables dimensiones e incluido en el mismo, trebejos viejos amontonados en un rincón o una maleza cómplice, nos servían de barricadas que nos permitían vender cara nuestra derrota.

Supongo que algo parecido a lo nuestro hacían los negros del Senegal quienes eran perseguidos y capturados para ser vendidos como esclavos en las colonias americanas por los esclavistas británicos, lusitanos y holandeses: correr para salvar la vida.

Nuestra eventual rendición, captura o capitulación se realizaba por diferentes causas: primero por el ofrecimiento circunstancial de poseer algún premio en especie o efectivo concluido este suplicio; segundo, si la anterior negociación no surtía efecto alguno, se pasaba de las amenazas más increíbles, donde el infierno sería un paraíso celestial comparado con lo que ya nos habíamos ganado a pulso, que serían cumplidas en el momento exacto en que nos atrapasen. La última escaramuza que ponía fin a la cacería infantil, era la asimétrica lucha sostenida entre un párvulo rebelde y un desproporcionado pelotón familiar especialmente entrenado en mini guerrillas familiares en Fort Bragg o Panamá por los ranger y la CIA norteamericana.

La segunda parte del viacrucis consistía en tratar de lavarnos el cerebro –hoy se le llama a esto labor de convencimiento- de que este primitivo remedio nos causaría un bien, que lo hacían con mucha pena y dolor…

Sin saberlo plantear en nuestras súplicas en una última fallida negociación, no podíamos cuestionar, no el mensaje, sino el medio, que invariablemente paralelo a lo ya descrito, se añadía que alguno de los padres ya nos esperaban sentados; nos instalaban en sus muslos fuertemente apretados contra nuestros pequeños cuerpos –medida coercitiva si nuestra talla no rebasaba el metro veinte centímetros-, con sus brazos inutilizaban los nuestros, acercaban la cicuta a nuestros labios fuertemente sellados, y como última medida para meternos infaliblemente esa horripilante pócima, nos apretaban las fosas nasales, para que la falta de oxígeno nos obligara a tener la boca semi abierta. Si este pequeño espacio era insuficiente o impenetrable, éste era agrandado metiendo un índice en la comisura bucal.

Si la medida aplicada cumplía su cometido parcialmente o el vomitivo era expulsado, de nuevo entraban los finos métodos de persuasión que consistían en regresar a los pasos ya caminados, o bien, hacernos entrar en razón con una dosis extra de pellizcos en las orejas, algún bofetón convincente por sí mismo o jalarnos de los pelos de la cabeza hasta que desapareciese el intolerable contenido del vaso.

Pasados los tragos amargos, sudorosos y jadeantes todos los participantes en esta contienda familiar, se celebraba un armisticio y nos internábamos en los terrenos del limbo purgatorio que consistía en un día casi completo de ayuno. Muy entrada la tarde nos acercaban un atole de masa de maíz y algún bolillo tostado, preferentemente casi carbonizado, porque existía la creencia de que las cenizas “asentaban todo el aparato digestivo”.

A partir del segundo día de este martirologio, la dieta era incrementada de forma gradual en cantidad y solidez hasta regularizar la ingesta ordinaria. Generalmente era caldo de pollo.

A estas alturas del partido ya todos habíamos hecho tabla rasa de los sinsabores vividos. Los papás satisfechos de estar atentos a la calidad de vida de sus críos, y nosotros, los sobrevivientes, de haber resistido heroicamente los embates de los persuasivos métodos de la Santa Inquisición familiar para la salvación de nuestro valioso aparato digestivo.

Hoy, desterrar a los malévolos parásitos es menos agresivo y más elegante. Sólo se requiere tragar unas cuantas tabletas, líquidos de agradables sabores, cero dietas de náufrago en alta mar; la violencia ha buscado nuevas parcelas, y como refuerzo extraordinario, existe la figura jurídica de Los Derechos Humanos y la Ley de Protección a los Niños por si algún pater familia despistado quiere recurrir al viejo expediente de los procedimiento a la antigüita.

Aún así todavía escuchamos el viejo resabio que siempre dicen: “todo tiempo pasado fue mejor…”

domingo, 1 de noviembre de 2009

jueves, 22 de octubre de 2009

AFORISMO

No hay duda. Los seres humanos somos complicados. La vida es muy simple en sus cosas. Todo se reduce a nacer, vivir y morir.

domingo, 30 de agosto de 2009

MI NOMBRE



Me gusta mi nombre porque tú lo dices
es como si lo besaras letra por letra
y aspirases el silencio existente
entre cada una de ellas,
al arroparlas con tu aliento
y los destellos del sol de tu voz.
Tal vez fue la forma en que me viste
la manera como lo dijiste,
parece que lo rezas
de pensamiento palabra y obra
palomas en tu boca
Dios cuando lo nombras.
También es lindo cuando lo callas
lo haces oír de mil maneras
en sueños cuando duermo
y en vigilia cuando sueño.
Dilo mil veces
el aire es cómplice tuyo
ósculo de un eco
rayo hecho flor.
Desde entonces
ya no es el mismo
es diferente
pero idéntico
a como se oye
mi nueva fe de bautismo

lunes, 11 de mayo de 2009

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS

Para cubrir algunas necesidades orgánicas nutricionales asisto eventualmente a un par de mercados que son mis favoritos: el 5 de febrero y el Solidaridad, incluida una visita a su Plazoleta del Campesino.Nunca he sido amigo de la turbamulta, detesto los torbellinos humanos –excepto el de las manifestaciones políticas, las fiestas populares y los sepelios-, pero me hipnotiza ese hormiguero humano periférico a esos centros de abasto popular.
Me deleita observar con detenimiento cómo entra y sale la gente de todos esos establecimientos donde adquieren las mercaderías más inimaginables.Si bien es cierto que no somos descendientes directos de fenicios y cartagineses, algo nos legaron vía España, ya que ambas potencias marinas navegaban en lo que hoy se conoce como el Mar Mediterráneo, el Mare Nostrum, bautizado así por los romanos, donde instalaron bases marítimas y comerciales en la Península Ibérica, considerada como la mater nutricia por los descendientes de Rómulo y Remo, y que con el paso del tiempo esa Hispania latina se convirtió en nuestra madrastra.
El caso es que la existencia más frugal y metódica como norma de vida recomendada por Benjamín Franklin, se desvanece ante esta exultante diversidad que grita a todo pulmón su vastedad ilimitada.
Al tomarse literalmente la plaza, todo se vuelve un dar y tomar en la orgía cromática y visual de esta hermandad y promiscuidad frutícola. Hasta este momento no conozco un ser humano que pueda sustraerse a hincarle el diente con fruición obscena, a la blancura satinada de una guanábana de penetrantes ojos negros, o ruborizar hasta el carmín a un rábano inhibido de miradas golosas; reprimir los lujuriosos deseos por desvestir a una naranja celulítica que excita a gajos; quién no corresponde a la sonrisa sensual del mamey, o ¿hay alguien insensible a los pepinos post orgásmicos cercanos a una ebriedad de sal y limón?
Guayabas gonádicas que lloran por dentro su sentencia a muerte por oclusión; mangos de lisas texturas que desvían las miradas hacia los traicioneros plátanos de dudosa rectitud amarilla: redondos limones acrobáticos en pirámides teotihuacanas, pináculos de la acidez más vivificante que mágicamente vuelve agua a la boca más impertérrita; acebradas sandías verdes que divulgan chismes de las disolutas papayas en leyendas interminables.
¡Y qué decir de los vegetales! Federico García Lorca no conoció todo lo verde de esta esmeralda mercantil minatitleca. Toda ensalada que se dé a respetar incluye berros, cilantros, espinacas y otras verduras en franca amistad culinaria, sin olvidar el desparpajo de los diferentes chiles desparramados en canastos, o apretujados en bolsas de plástico transparente; y por qué no a los inmorales cebollines que se sueltan el pelo impúdicamente a la vista pública.
Exhiben sus mitos sensuales a plena luz del día, níveas cebollas y ensoberbecidos jitomates; las granadas y sus peinados africanos coleccionan crepúsculos en gotas.Las fosas nasales aspiran a marchas forzadas ante la marejada de olores.
Estos mercados destruyen a las dietas más espartanas y avasallan las apetencias y a heroicos aparatos digestivos. Las narices claudican en desbandada vergonzante hacia inciertos destinos.
Las pescaderías son morgues marinas para vouyeristas hemáticos, donde alineados o amontonados se exhiben cadáveres de pescados plateados, enteros, decapitados, seccionados, fileteados, eviscerados por expertos anatomopatólogos que los diseccionan con manos rápidas generadoras de una lluvia de confeti escamoso, en un holocausto rutinario sin ritos y mucho menos plegarias por estas víctimas, las cuales nadie ruega por ellos a San Neptuno o al beato Poseidón.
En otra parte se localizan aves desnudas, macilentas, inertes, que nunca aparecerán en la sección de nota roja de los diarios, a pesar de que las evidencias acusan que fueron sádicamente masacradas y ningún agente del Ministerio Público se presentó a formular un acta que obligue a realizar una acuciosa investigación.
Muy cerca de ahí las aterradas carnes rojas presienten su cercana inmolación. Las de Chinameca, muy en particular las bulímicas costillas, manifiestan su hipertensión arterial con un continente bermejo encendido. No es el caso de las longanizas flácidas y anoréxicas, que indiferentes menosprecian el tránsito de los compradores.
Para fortuna nuestra y de la diversidad étnica, los vendedores, en su mayoría mujeres, son bilingües. En esta pequeña Babel las transacciones comerciales se verbalizan en náhuatl, zapoteco y en la lengua dominante que es el español.Un indicador muy confiable de la etnia de origen de los “marchantes” lo son: refajos bordados, esplendente orfebrería, esmerados peinados, uso de flores en la cabeza como capitulación estética, alegres talantes, agradables caracteres, interminables gestos y un delicado servicio asistencial en la asesoría de selección de productos.
La globalización, lo nacional, estatal, regional o local, crean, dictan y dirigen las artificiales necesidades consumistas. Dime qué consumes y te diré quién eres. Nunca la ontología –tratado del ser- había sido tan fácil y entendiblemente explicado como en estas macro aulas que son los mercados.
De vivir el poeta medieval Jorge Manrique actualizaría sus coplas en estos nuevos términos: Nuestra vidas son las compras que van a dar al mercado que es el consumir.
En lo personal cuando me retiró de ahí me queda una embriaguez de nostalgia, una necesidad renovada y fortalecida para reintegrarme de nuevo a este micro mundo que siempre alimentará mi capacidad de asombro.
En cierta forma, estas plazas son el centro gravitacional de nuestra existencia. Podemos ausentarnos de muchas cosas, y aquí permítaseme una verdad de Perogrullo: nunca de comer, de la manera o forma como uno lo desee o pueda: para saciarnos por gula, por requisitos terapéuticos, para nutrirnos bien, como sibaritas etc. Lo real es que un centro de abasto es un punto obligado de retorno.

jueves, 9 de abril de 2009

VÍCTIMA

¡¡¡¿Qué puedo hacer ante esta embestida de tu cariño?!!!
Sólo ponerme al abrigo de tus besos.

martes, 7 de abril de 2009

RESPONSABILIDADES

He escogido conscientemente la libertad de ser esclavo de mis circunstancias. Cúlpese a ella y a mí de todo lo que me suceda.

miércoles, 18 de marzo de 2009

LAS RELIGIONES

Solipsismos excluyentes, variaciones sobre un mismo tema insoluble.

martes, 10 de marzo de 2009

JUVENTUD

La juventud debería ser un virus rabiosamente contagioso e incurable

jueves, 5 de marzo de 2009

Alta Definición

El futuro es un mañana
atrapado en seis letras,
el hoy hecho trizas
en pedazos de instantes
y momentos de caramelo.

sábado, 28 de febrero de 2009

Mi camisa blanca

Hoy vestí una camisa blanca
alba nube de primavera
níveo donaire portátil
cuando mi pelo dice sí al aire.

Lacia tela preferida
feliz en su abandono glácil,
suave melodía de algodón,
gacela en estampida.

Festín épico de hilos
graciosa majestad de la calle,
festejo inolvidable de un día,
llevas el jolgorio de luz
ecos y artificios
de mi madre y Veracruz
.

viernes, 20 de febrero de 2009

Hay una mujer

Para Ana
Hay una mujer en España
muy dentro de mí
tan profundo
como una puñalada.
Y a veces duele,
el amor también
es así a veces.
Masacra con la duda,
lacera con su insomnio,
sana con certezas,
abruma con su necedad,
paradójica obsesión.
La noche no siempre
es amiga,
la madrugada, peor.
Soy y no soy
el mismo que soy,
de eso estoy cierto.
Sólo sé que
es un relámpago de luz
en el alba.
Fucila su voz
en mi mente
donde guardo una
dulce melodía;
deambulo y me alejo,
parto solo, muy solo
a mi rutina diaria
porque ella es una
buena amante,
vuelve puntual
a ser mujer eternamente.

lunes, 26 de enero de 2009

MITOS ORNITOLÓGICOS

No es acertado pensar
que los pájaros son libres
en su vuelo.


Siguen hipnotizados el trazo
de un destello del sol.


Vuelan soportando la belleza
de un fardo de plumas.


Son ojivas lanzadas justo al centro
del atardecer en esa guerra a muerte
de nubes y colores.

miércoles, 7 de enero de 2009

MITOLOGÍA

Hablar de la Justicia a secas es hablar de quimeras. Hablar de la Justicia Divina, una vana esperanza.

sábado, 3 de enero de 2009

SECRETO

¡¡¡Sólo Dios sabe cuánto la amo!!!

viernes, 26 de diciembre de 2008

DISYUNTIVA

A veces me veo obligado a elegir entre el deber y el ser. Si opto por lo correcto, que es el deber, y no por lo que verdaderamente quiero hacer, el ser, lejos de sentirme satisfecho por favorecer a lo que se tiene que hacer, me queda una sensación de amargura y frustración. No siempre van de la mano ambas categorías, y el cumplir en estricto apego al deber no me hace sentir nada feliz.
Es cierto que cuando prefiero ser, el hecho de saber que no realicé lo que tenía que haber hecho, también me hace infeliz.
Las disyuntivas son las luchas entre Dios y el diablo, pero nosotros quedamos atrapados bajo ellos. Somos hormigas en el suelo en una lucha de titanes.

sábado, 20 de diciembre de 2008

El suicidio

Se dice que es la puerta falsa, yo pienso que es un acto de plena soberanía existencial.

lunes, 3 de noviembre de 2008

AGONANZA

La esperanza es una larga e inútil agonía interminable