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miércoles, 28 de febrero de 2007

UNAS VIEJAS FOTOGRAFÍAS

En muchos aspectos de su vida mi padre fue un hombre reservado y lleno de muchos silencios. Es lógico suponer que por tales razones siempre existe en mí esa necesidad de conocer lo más posible de su persona, tratar de cubrir todos esos vacíos que seguramente nunca llenaré, lo que me permitiría entender y comprender muchas cosas relacionadas e interactuantes entre los que giramos alguna vez en su órbita, alejados o cercanos a él. No se necesita ser científico o filósofo para llegar a la fácil conclusión de que todo humano tiene su Historia: conocida, ignorada, ilustre, modesta, heroica, vergonzosa, etc., la que escribimos diariamente con muestro accionar como una respuesta a las diferentes circunstancias que nos ofrece el duro vivir; por tal razón poseo la firme convicción de que en el fondo todos somos iguales en menor o mayor grado, sólo es cuestión de escarbar superficialmente para llegar a la conclusión de que somos más que semejantes.
Esta es la mía por ilustrar un caso: independientemente de mis abuelos paternos y mis tíos, no conocí a nadie más de su familia. Habría que añadir que pocas veces la visitábamos y por ende el contacto era mínimo. Fue su hermano menor quien me comentó que mi papá se salió muy joven de la casa paterna, y de ahí en adelante hay un océano más de misterio; ignoro si esporádicamente la visitaba o no lo hacía. Lo real es que de él sólo poseo retazos biográficos.
Uno de ellos: me parece ser que fue mi madre quien me narró cómo fue que se conocieron aquí en esta ciudad en aquel entonces aislada de la civilización. Para trasladarse o regresar de otros lugares lejanos lo hacían navegando en lancha por el río, o en tren hasta ciertos ramales, donde transbordaban y después de varios días y vicisitudes llegaban a los destinos deseados.
Él llegó aquí con la civilización que trajo la construcción de carreteras. Era chofer de un camión de volteo en el que se ganaba la vida; parece ser que fue en Tlaxcala donde realizaba la misma actividad, donde al concluir la obra, siguió en la construcción de esa enorme serpiente negra que se extendió hasta esta zona que supongo era la parte más lejana hasta donde llegaba. Alguna vez hizo el comentario que antes estuvo en Toluca y en otros lugares más que evaden a mi memoria. Es muy probable que esto sucediera en la época de la presidencia de Miguel Alemán, etapa de expansión de las grandes comunicaciones terrestres, y en ese rubro hubo gran cantidad de trabajo que fue aprovechado por mi consanguíneo para engancharse a esa cofradía. En otras palabras, en esas venas de asfalto va incluido su esfuerzo sumado al de otros trabajadores.
Cuando se inicia el tejido de todas esas redes comunicativas que alcanzan al sur veracruzano, viene con esta avanzada, echando por delante su talla de 1.75 cms., muy arriba de la altura promedio de ese tiempo; fuereño, buen mozo (escuché decir por ahí en alguna ocasión de alguien ajeno a la familia, que le encontraban algún parecido con el galán cinematográfico del momento: Tito Junco). Habría que agregar a su favor que todo extranjero en esta ciudad era un ser muy atractivo, por desconocido, enigmático, y venir de otra geografía nacional. Mi héroe era eso y más, habría que sumarle lo joven, delgado…
Quiero pensar que cuando mi mamá lo conoce por conducto de unas amigas suyas, queda impactada por ese extraño peregrino guanajuatense muy diferente a la raza de esta zona. A veces en lo social sucede como en la Física de que cargas de signos contrarios se atraen… Entre ellos debió haber sucedido algo parecido. Por añejas fotos que he visto de ella cuando era soltera, no se quedaba a la zaga. Es evidente que era una morenita muy linda, delgada de cejas tupidas, nariz recta, respingada, inocente, con mirada de ser una persona nada maleada, dicho en otras palabras. Sendos atributos físicos deben haber jugado un papel determinante para que terminaran casándose.
En este punto, cuando se refirió al respecto, no entró mucho en detalles, avasallada por los prejuicios propios de esa educación provinciana que nunca rebasó del todo. Fue más adelante que intuí cómo se dieron los hechos.
Al morir mi tutor, para que mi matrona pudiera obtener la mísera pensión que otorga el IMSS a viudas de trabajadores de bajo nivel laboral, tuve que desplazarme a otro pueblo algo retirado de donde vivíamos, para obtener un duplicado del acta de matrimonio de ambos.
La muy pícara, nunca me dijo, que se había fugado con él, estigma mental que todavía no logra limpiarse del todo, a pesar de que en la actualidad la costumbre de contraer matrimonio con alguien, ya pertenece al interés de los estudiosos de antropología o sociología como caso de investigación especial de un rito de tránsito en proceso de extinción. Esa fue la razón por la que tuve que trasladarme a otro municipio para obtener ese documento nupcial. En otras palabras, en ese tiempo en plena hégira, mis tutores para cubrir mínimas formalidades socio familiares y atenuar de alguna manera en lo futuro tan pecaminoso proceder, decidieron casarse rápidamente ahí por lo civil y reanudar el éxodo. Por lo religioso lo hicieron unos días antes de que falleciera. Yo estuve presente en esa ceremonia, y si no abundo en detalles de la misma es porque fue muy triste y doloroso ese cuadro, dadas las malas condiciones de salud de mi antecesor.
Pasado el tiempo y los tragos amargos de ese triste desenlace, no recuerdo en qué condiciones o circunstancias laborales conocí a un ancianito simpático y bonachón que posteriormente a la luz de una charla insustancial, descubrió emocionado que lo conoció cuando ha muchos años trabajaron en el tendido de los caminos, y que en ese justo instante estaba parloteando con su máximo representante, o sea yo. Cuando se lo comenté a la autora de mis días, enriqueció esta historia, me hizo saber que este señor era mucho más joven que él en aquella etapa y avatares, que los acompañaba en sus aventuras e infortunios a los que trabajaban en la compañía constructora, en calidad de arrimado y aprendiz, que era en cierta forma discriminado por humilde, inexperto, al que sólo lo ocupaban en labores muy modestas como de barrendero, mandadero, tareas irrelevantes y mataba su tiempo libre haciendo compañía a los conductores de los camiones con el propósito firme de aprender ese oficio.
Lo sobresaliente de este caso, es que este simpático viejecito, por mis antecedentes, es decir, por ser hijo de un viejo amigo suyo ya fallecido, me tomó mucho cariño y amplificó un poco la historia de mi patriarca desde otros ángulos desconocidos por mí.
Cierto día en el que me contaba una de las miles de aventuras vividas, me hizo saber que mi consanguíneo después de que se unió en matrimonio con mi máximo amor, para no tener problemas con ella, el muy pillo le dio a guardar unas fotografías de algunas amoríos que había tenido antes de conocerla.
Con algo de solemne y honrosa ceremonia me dijo que como yo era una persona grande, de mucho criterio, comprensible y de fiar, me haría entrega de esas imágenes que celoso guardó muchos años, lo que le permitiría liberarse de esa responsabilidad adquirida y de la que no había encontrado la manera de evadirla honrosamente. En otras palabras, ¡custodió por más de ¡medio siglo esas reliquias alguna vez amadas por mi progenitor!
Cumplió el trato convenido. Mucho me conmovió tal apego a un favor solicitado, el valor a una palabra empeñada, el celo extraordinario de un custodio de unos retratos, de los que tal vez mi padre en vida ni siquiera se acordó de ellos, y es de celebrarse también que por parte de su cómplice nunca existió algún reclamo o duda sobre sí todavía era necesario seguirlos resguardando. Esa disciplinada actitud espartana me hizo admirarlo sin reserva alguna y me introdujo al conocimiento de uno de sus valores más grandiosos de los que pudiera tener paralelamente a otros.
En una cajita de cartón casi plana en la que alguna vez se albergó algún pequeño medallón o algo parecido que requiriera de una cobertura con esas características, venían tres recuadros de regular tamaño. La pátina del tiempo les dio una coloración especial, cercana a los matices grises que me remitieron rápido por la vía directa a la nostalgia, a la alucinación de imaginarlo viviendo en esos lugares que se traslucían al fondo de las imágenes, áridos y tristones (o ¿ése sería el ánimo que me obligaba a observar las cosas así?), y pienso que tal vez hacía frío porque en uno de esos iconos lo veo cubierto con un suéter, de figura muy delgada y con abundante cabello que se fue desvaneciendo con el paso de los años, del brazo de una dama entrelazado con el suyo, sonriendo felices a la posteridad como posando para lo que era, una cámara fotográfica accionada por algún conocido común.
Por la lejanía o la inexperiencia del fotógrafo la impresión le debía mucho a los detalles, no eran muy definidas las figuras de ambos, pero por la postura y algo incierto, nos decían que la estaban pasando bien.
En otra, distingo a una mujer vestida y peinada a la usanza de esa época, tal vez a mediados o fines de los años cuarenta, de medio busto, con la cara en tres cuartos de perfil, seria, la presumo algo rubia porque se le ven los ojos claros y la mirada un poco triste. Según la dedicatoria, dice amarlo con toda el alma, y para no dudar de esa confesión, en un remate anterior a su nombre y firma la muy atrevida, desprendida de sí misma, se regala con mi padre con la palabra “tuya”. Esto sucedió en 1948, el veinticuatro de febrero, según la escritura hológrafa.
En la última de esta triada fotográfica, se hace visible una sonriente mujer muy joven en traje de baño, de cabello corto y rizado a la orilla de la playa, casi guardando el equilibrio, media inclinada hacia su izquierda, con los tobillos en el agua y una estela marina que se desprende de ellos para regresarse a las ruinas de una ola ya casi desvanecida, me deja la idea de una coquetería tal vez muy audaz para esos contextos históricos. Pienso que para legarle un recuerdo imborrable a alguien con los que se tienen ciertos devaneos, la fotografía usual era la requerida en un estudio, donde aparecían las féminas vestidas con sus mejores galas, maquilladas y con alguna mirada o pose cuidadosamente estudiada.
También esta nereida, al menos por la inscripción escrita aún imborrable, amaba y adoraba a ese mancebo que fue mi progenitor, y eso lo atestigua el mes de noviembre, del día diez y siete del año de 1947. Esta jovencilla es la más simpática para mí, en cierta forma despide un halo amistoso propio de una persona auténticamente alegre y desenfadada.
Esta faceta de mi viejo, y otras más, ignoradas por mí, paradójicamente aunque de forma indirecta, postmorten, me acercan más a él, porque por esta vía me está diciendo así fui, conoce otro ángulo de mi vida, arma tu rompecabezas, porque te lo digo así; tú sabes, era otra educación, otros tiempos en los cuales los padres teníamos que presentar una imagen muy diferente a la contemporánea. Yo alcancé a notar que la relación que tienes con tus hijos es muy disímil a la que yo tuve contigo en muchos sentidos. Los hijos mismos también son muy distintos hoy en día, más audaces, socializados, menos reprimidos, irreverentes. Hay con ellos un mayor grado de comunicación en todas direcciones...
Indiscutiblemente que ingresé a otra dimensión de comprensión de mi congénere muy cercano a mí, más aún, también me expliqué, no por la vía genética, más de mí mismo; tenía un marco de referencia donde encuadrar muchas cosas personales y explicármelas desde otras aristas favorables y desfavorables, lo entendía a él y a mí.
Unas viejas fotografías fueron el vehículo y el vínculo de este descubrimiento en lo general, como el hecho no realizado de haber tenido la posibilidad de haber sido hijo de alguna de esas respetables mujeres, que estoy seguro me amarían como mi propia madre real; por otra parte, mi fisonomía, carácter, formación cultural, etc. serían muy diferentes a lo que soy en este instante, pero seguiría llevando dentro de mí esa porción correspondiente a él, al que los avatares de la vida lo condujeran a procrearme con otra buena mujer; por tal razón les guardo un profundo respeto reverencial. De cualquier forma todas ellas tienen mi cariño y mi gratitud porque también amaron a mi padre, unas se quedaron en la potencia y otra en el acto. Luego entonces llego a la feliz conclusión de que todas las damas del mundo pudieron haber sido mis madres, nuestras madres, tal vez por ello sentimos ese amor dividido entre nuestra matrona auténtica y las que pudieron haber sido.
En cuanto al amigo de mi patriarca y ahora mío, algunas veces lo veo pasar en su auto, nos sonreímos, saludamos mímicamente. No se ha dado la oportunidad de charlar una vez más, tal vez no se vuelva a presentar la coyuntura que lo permita, de cualquier modo si la vida nos juega la mala pasada de que cualquiera de los dos nos adelantemos al viaje irretornable, el que tome la ventaja, deseo que sufra poco y más adelante, en otra dimensión y espacio, reanudemos una plática atemporal, eterna, tal vez ahí conozca toda la vida y la historia de mi progenitor.

miércoles, 31 de enero de 2007

LA IMPORTANCIA DEL FONDO Y LA FORMA

Hay varias cosas que llaman poderosamente mi atención en ustedes las mujeres. Obvio es que somos tan semejantes como la noche y el día, por ende, en lo particular, eso es lo que más me atrae y despierta un profundo interés en la compleja personalidad del género femenino.
Entrando en materia, quiero decírtelo de la manera más objetiva que tú me conoces cuando es el caso de hablar con formalidad. Veamos el reproche del día: obedece a que según tu calendario particular, hoy cumplimos un año más de casados, y en tal punto, no he hecho el más insignificante comentario al respecto. Más aún, admito con toda la honestidad y sinceridad que un hombre pueda alojar en lo más recóndito de su ser, que no recuerdo ni el día, mes ni año en que cubrimos tal exigencia social ineludible e indispensable, para poder vivir juntos, como todo matrimonio que se respete.
Cierto es, he cometido la villanía desde tu muy particular óptica, de que por lo mismo no te he felicitado, abrazado, besado y para agravar más mi incalificable crimen, no ha salido de mis labios felicitación alguna para ir a cenar, bailar y posteriormente a tales festejos, hacerte el amor en el hotel al que asistimos cuando lo hicimos por primera vez. En efecto, no hice ningún tipo de reservación para nada.
Rechazo con humildad franciscana que no soy la clase de mierda que tú dices, mucho menos un cínico convicto y confeso. Aunque no me lo creas, las cosas tienen mayor valor para mí de lo que supones, a pesar de mi aparente olvido e indiferencia.
Resumiendo: siempre has sabido, comprobado que nunca recuerdo fechas y lugares. Para mi gusto, soy pésimo en esas bisuterías circunstanciales, y para ti eso es lo más extraordinario de nuestra diaria convivencia. Te lo he explicado en infinitas ocasiones, no desconoces ni obsesión en diferenciar la forma y fondo de las cosas, ya que esto último es lo más relevante para mí.
Analicémoslo de esta manera, por lo tanto te suplico no lo consideres como una falta de respecto a tus valores, creencias y costumbres, porque hoy de manera excepcional no quiero entrar en un debate. Sólo escúchame hasta terminar y haz un esfuerzo por comprenderme como en otras circunstancias.
Acepto una vez más que casi no te digo “te amo” aunque internamente muchísimas cosas me hagan decirlo y aceptarlo así, porque has de saber, que estoy asombradísimo de esa incapacidad inagotable que tengo de amarte. Me lo confirma esa imperiosa necesidad de estar físicamente muy cerca de ti en nuestra diaria compañía, que sólo me separo de tu persona debido a las insalvables obligaciones prosaicas como el ir a trabajar. Detesto el hacerlo, no por aversión a esa actividad, tú mejor que nadie sabe cuánto lo disfruto y lo vital que es para mí, pero al final de la jornada laboral cuanto los minutos para reencontrarme contigo, y estoy completamente seguro que eso no es de tu conocimiento; en ese lapso y trayecto, maldigo los semáforos, el tráfico vial, la gente que se atraviesa, la interminable distancia existente entre la oficina y la casa.
¿Sabes? Sería fantástico que pudiésemos vivir sin comer porque de esa manera no tendría que salir a ganarme el sustento y sólo me dedicaría a quererte. ¿Te dicen algo las quinientas llamadas telefónicas que por cualquier estúpido pretexto hago para comprobar si ya almorzaste, recordarte la visita a tu madre, asegurarme del abastecimiento de la leche en la casa...? Por si lo ignoras, es una de las miles de manera de decirte te amo, extrañas si quieres, pero manifestaciones amorosas al fin.
¿Por ventura significa poco el feliz hecho de tener nuestros años viviendo juntos? Es innegable que tenemos nuestras diferencias que hemos sabido desvanecer con inteligencia, pero sobre todo con mucho cariño.
Seguramente recordarás que nunca fui de la idea de que para vivir juntos teníamos que casarnos. Te expliqué en esa ocasión cuando planteamos ese punto, que soy del parecer de que no hay mejor atadura que aquélla que no lleva lazos ni nudos, y si por nuestra propia voluntad, sin ninguna razón de por medio que nos obligara a nada, formalizamos nuestro matrimonio, eso era, es y sigue siendo la mejor garantía de que poseo un amor ilimitado por ti.
También recordarás que por mi propia decisión, sin que nadie me presionara en lo absoluto, pensando primero en tus intereses, en virtud de que esto en cierta forma te ocasionaba desequilibrios emocionales, expectante te pedí te casaras conmigo, cosa que no me ha afectado porque lo disfruto absolutamente, sin arrepentirme en lo más mínimo.
Y ya entrados en gastos, con relación a la boda y su enésimo aniversario, permíteme decirte una vez más que en efecto no lo recordaba, pero si te sirve de algo saberlo, te puedo contar otro suceso que me impactó igual o más que el reclamado. Entre paréntesis, pienso que un buen matrimonio es toda la suma y resta de una vida juntos, en el cual ahí también tenemos un margen de ganancias muy elevado.
Retomando el tema, recuerdo que en una ocasión, y discúlpame que como siempre no recuerde la hora, el día, mes y año, que para ti es tan relevante, cuando teníamos poco tiempo de novios –aunque ya habíamos llevado nuestra relación a un plano más íntimo y estrecho-, salí sin planearlo con unos amigos a tomar una copa y a bailar.
Estoy convencido que recordarás cuando te conocí, de forma automática y expedita mandé a todos al demonio para dedicarme en cuerpo y alma a ti. De sobra conoces que soy un eremita que sólo litiga en los juzgados, un diletante de la música, y en la época aludida me encontré al azar con unos compañeros de generación de la universidad, y para celebrar tan fausto acontecimiento, contra mi voluntad nos reunimos en un bar.
Bien, en plena madrugada el poco alcohol ingerido me sensibilizó de tal manera, que súbitamente me hizo abandonar a mis contertulios para huir a tu casa, como los judíos a la tierra prometida.
Llegué a los condominios donde vivías y tuve que brincarme una barda con terminaciones en puntas filosas. Nunca en mi vida he sido un hombre arrojado o temerario, pero salve los obstáculos. Llegué a la puerta de tu departamento a deshoras de la madrugada, saliste en pijama con el pelo reacio a colocarse en su lugar habitual, frotándote la cara y los párpados hinchados por el sueño interrumpido, con tu piel más blanca de lo normal; como una niña mimada me abrazaste, me besaste y me invitaste a irnos a dormir. ¡Eras la imagen viva de un naufragio corporal en tu desgano, pero qué hermosa te vi en ese abandono! No perdí el aplomo e impedí me sedujeras con esa descarada provocación tan desconsiderada para un mortal como yo.
Te pedí una taza de café y nos sentamos en la sala, cosa que contra la costumbre lo hiciste frente a mí. Expliqué el motivo de mi sorpresiva visita, detallé las peripecias rebasadas para estar contigo, reíste en plena madrugada de mis ocurrencias, y nos sumergimos en una insustancial plática que aderezó un cassette de jazz que activaste en la grabadora.
¿De qué hablamos? ¡Por supuesto de ese género musical que a ambos nos gusta! En esa madrugada nunca nos volvimos a abrazar, acariciar, ni besar, mucho menos hablar de amores. Esa vez no se dio el más insignificante contacto físico entre nosotros, y lo recuerdo con mucha frecuencia, porque ha sido una de esas excepcionales vivencias en que me he sentido más cerca de ti. No me preguntes fecha, pero se me grabó ese momento vital para mí.
Te he contado que cuando llego tarde a la casa o me veo obligado a irme temprano, y te encuentro o dejo dormida ¡cómo te contemplo!
Eres un ser muy hermoso en el lecho. Larga como un ferrocarril detenido en una estación. Bella en esa entrega incondicional al descanso. Extraño esa adormilada mirada de curiosidad que siempre tienes para conmigo, cuando llego muy noche y me ves de esa manera.
En las mañanas cuando me despierto eres mi fuente de calor, un sol femenino que brilla a mi lado que aclara la recámara en penumbras. Las sábanas se me antojan ataduras que me veo obligado a cortar para liberarme de la esclavitud de tu cuerpo del que no me quiero separar.
Como es evidente no te hablé de fechas, sólo de lo que sucede cuando estamos juntos, y créeme que es lo más valioso para mí, porque creo que cuando amanecemos uno al lado del otro, reafirmo una voluntad de estar siempre contigo sin concederle mérito alguno al día, hora, lugar, sino al hecho de vivir a plenitud una experiencia compartida por la cual deseo y lucho para que sea de por vida.
Ya para terminar, quiero que lo sepas de una vez por todas, que esto no se preste a ninguna duda. Existe una palabrita tuya que le da sentido a mi vida, es mi maná celestial, que quisiera oírla siempre: ¡te necesito! Eso para mí es más importante que el fondo y la forma.